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Les coulisses des Masters

Antes de quince minutos de espectáculo, varios meses de creación

En los Masters de Feu, el espectáculo no comienza cuando la primera bomba sale de su mortero. Se inicia varios meses antes, en los talleres de los equipos internacionales. Música, temática, storyboard, simulaciones, programación… descubra los entresijos de una creación en la que cada detalle cuenta antes de convencer al público y al jurado.

Artificieros trabajando en el recinto de los Masters de Feu
Los artificieros en los Masters de Feu - Anne-Sophie Guebey

La noche de los Masters de Feu, todo parece sencillo.

Se apagan las luces, la música se eleva, el cielo se enciende y, durante quince minutos, el público lo olvida todo para dejarse llevar por una creación llegada del otro lado del mundo.

Unos instantes más tarde, estallan los aplausos, el espectáculo concluye y cada uno se marcha con sus emociones.

Pero lo que a menudo ignoran los espectadores es que esta pausa de quince minutos es la culminación de varios meses de reflexión, creación y trabajo.

Porque un espectáculo de los Masters de Feu no nace en Compiègne.

Toma vida mucho antes, en los talleres de los pirotécnicos.

Una competición que transforma la manera de crear

Diseñar un espectáculo de fuegos artificiales para una fiesta nacional, un festival o un gran evento popular responde a una lógica bien conocida: seducir al público.

En un concurso internacional, el ejercicio es muy distinto.

Hay que maravillar a miles de espectadores, sí, pero también convencer a un jurado, sorprender a los competidores y afirmar una verdadera firma artística.

El objetivo ya no es solo realizar un bello espectáculo. Se trata de contar una historia.

Es esta exigencia la que convierte los concursos internacionales de pirotecnia en auténticos laboratorios de creación, donde los pirotécnicos experimentan nuevas formas de escritura, asumen mayores riesgos artísticos y llevan los límites de su disciplina más lejos.

Todo comienza… con una hoja en blanco

Contrariamente a lo que podría imaginarse, las primeras semanas no se dedican a los artificios.

Antes de pensar en colores, calibres o efectos, cada equipo debe encontrar el hilo conductor de su creación.

En los Masters de Feu, sin embargo, todos los equipos parten del mismo punto.

Para esta décima edición, se les propuso un tema único:« Le Grand Bal ».

Una consigna simple en apariencia. Y, sin embargo...

A partir de estas dos palabras, cada país construirá un universo totalmente diferente.

Algunos elegirán la elegancia de un baile imperial, otros contarán una fiesta popular, un sueño o una historia más contemporánea.

Ahí reside toda la riqueza del concurso: una misma inspiración da lugar a espectáculos que nunca se parecen entre sí.

Cuando la música escribe el espectáculo

Mucho antes de las primeras simulaciones, los pirotécnicos pasan horas escuchando música. Docenas de piezas, a veces varios cientos.

Buscan menos una melodía que un lenguaje capaz de sostener su historia, un crescendo, un silencio, una ruptura, una respiración.

Porque en un espectáculo pirotécnico, la música no se limita a acompañar las imágenes. Dicta su ritmo.

Decide la intensidad, la cadencia, las pausas y las emociones.

Cada disparo pirotécnico se convierte entonces en una nota más dentro de una partitura escrita para el cielo.

Escribir con la luz

Cuando por fin se fija la banda sonora, comienza un trabajo mucho más discreto. Los folios se cubren de bocetos. Los planos toman forma.

Los programas de simulación permiten imaginar los volúmenes, las alturas, los colores y las sincronizaciones.

Cada secuencia se prueba, se desplaza, se corrige, a veces se replantea por completo.

Sin embargo, ningún pirotécnico experimentado confía por completo en una simulación.

El viento, el humo, la topografía del lugar o la perspectiva del público siempre transforman el resultado final. El software muestra lo que podría suceder.

La experiencia permite imaginar lo que realmente ocurrirá.

La dificultad no está en añadir...

A menudo está en quitar.

Los mejores espectáculos no son necesariamente los que utilizan más artificios.

Son aquellos que saben crear una respiración, instalar un silencio, dejar que una emoción se exprese antes de recuperar la fuerza de un gran final.

En concurso, cada segundo cuenta, cada transición se observa, cada efecto debe tener una razón de ser.

Esta búsqueda permanente del equilibrio explica por qué los equipos pasan a veces varios meses puliendo una creación que al final durará apenas un cuarto de hora.

Detrás del espectáculo, miles de decisiones

Cuando el guion queda definitivamente cerrado, comienza una nueva fase.

Cada efecto se posiciona con precisión, cada orden de disparo se programa, cada secuencia se sincroniza con la banda sonora al centésimo de segundo.

Paralelamente, los equipos organizan el transporte internacional de los artificios, preparan su material, coordinan su logística y anticipan su instalación en Compiègne.

La competición ya ha comenzado; simplemente, nadie la ve aún.

Y por fin llega Compiègne

Unos días antes de los Masters de Feu, los equipos llegan al hipódromo. Mientras el público sigue con su rutina, los pirotécnicos toman posesión del recinto.

Se colocan los morteros.

Los kilómetros de cables van uniendo progresivamente las distintas zonas de disparo.

Los sistemas de encendido se instalan, se prueban y se verifican una última vez.

El espectáculo, imaginado varios meses antes a cientos, a veces miles de kilómetros de Francia, se convierte por fin en realidad.

Quince minutos para convencer

Al caer la noche, solo queda esperar. El primer disparo marca un momento especial para cada equipo. A partir de ese instante, ya no es posible corregir, modificar ni mejorar nada.

El espectáculo pertenece ahora al público.

Y durante quince minutos, varios meses de trabajo, decenas de profesionales y miles de decisiones se funden en uno solo. Quizá sea eso, al fin y al cabo, la magia de los Masters de Feu. Lo que el público admira en el cielo no es solo un espectáculo de fuegos artificiales.

Es el resultado de una aventura humana, artística y técnica que comenzó mucho antes de que los pirotécnicos pusieran un pie en Compiègne.